Mi abogado. Santo Evangelio según San Juan 16, 5-11. (Audio)

Martes VI de Pascua.

Por: H. José Romero, L.C. | Fuente: missionkits.org 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Ven Espíritu Santo, llena con tu luz y amor el corazón de tu siervo.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)

Del santo Evangelio según san Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: ‘¿A dónde vas?’ Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.

Y cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Anteriormente era muy común, por mi apariencia física y mis gustos de caminar por la noche, que la policía me detuviera. Nunca tuve miedo que algo me pasara porque en mi familia hay muchos abogados, incluyendo a dos de mis hermanos. Aunque nunca cometí algún delito, siempre tenía la certeza que, si algo me pasaba, mis hermanos me ayudarían, creía en ellos.

Mis hermanos son para mí algo similar como es el Espíritu Santo para el cristiano. Mis hermanos siempre me iban ayudar por ser abogados y el Espíritu Santo siempre va ayudar a un cristiano por ser el Defensor, el abogado del hombre.

Pero así como hubiera necesitado llamar a mis hermanos por teléfono para que me ayudarán si algo me hubiera pasado, así necesito llamar al Espíritu Santo para que me ayude cuando tengo problemas. El teléfono para llamar al Espíritu Santo es mi fe, una fe sustentada en una confianza en Él; así como yo confiaba en que mis hermanos me ayudarían, así debo confiar en que Dios me ayudará.

Pero la razón por la cual mis hermanos me ayudaban no era el dinero, era el amor que ellos me tienen y yo sólo les podía pagar con lo mismo, con amor. Al igual que mis hermanos, el Espíritu Santo sólo obra por amor, Él me defiende de todo, no porque me pedirá algo, me defiende porque me ama y yo sólo puedo darle amor. El que cada cristiano conozca que el obrar del Espíritu Santo es por el amor que me tiene debe ser la razón por la cual mi confianza esté en Él, para que mi fe sea verdadera.

Porque Dios me ama está siempre presente; porque Dios me ama siempre me ayudará; porque Dios me ama yo puedo amarle. Así como lo importante de mis hermanos no es que sean abogados sino que son mis hermanos, que los amo y ellos me aman, lo importante de la presencia del Espíritu Santo no es que me ayuda en todo sino que soy testigo del amor de Dios y por ese amor puedo amarle.

Jesús promete a sus amigos, en ese momento triste, oscuro, que, después de Él, recibirán “otro Paráclito”. Esta palabra significa otro “Abogado”, otro Defensor, otro Consolador: “el Espíritu de la verdad”; y añade: “no os dejaré huérfanos: volveré a vosotros”. Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: Él, resucitado y glorificado, vive en el Padre y, al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta su nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: “comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros”.
(Homilía de S.S. Francisco, 21 de mayo de 2017).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Agradecer, hoy, la infinita gracia de tener el auxilio del Espíritu Santo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.