Del mayo francés

Luis Barragán

Todavía lo recordamos, una de nuestras iniciales incursiones hemerográficas la hicimos sobre el célebre mayo francés que rompió la tranquilidad del mundo desarrollado, por la audacia de sus planteamientos. Fue tanta la curiosidad del adolescente, descubriéndose muy cómodo en los archivos de El Nacional en Puerto Escondido, que recorrió cada una de las vicisitudes reportadas por las agencias internacionales de noticias, incluyendo el genial grafiterismo de entonces.

Pasará el tiempo y aquél escándalo de las novedades, desmayará poco a poco al igual que la figura más emblemática de la rebelión: Daniel Cohn – Bendit. Aquélla efervescencia parisina de 1968, por cierto, sobre la cual escribieron los líderes políticos venezolanos procurando la profundidad de un planteamiento, como no ocurre ahora con tópicos que están demasiado a la vista, generó una vasta bibliografía, acuñó una inmensa diferencia en las filas de un marxismo que abrazaba desesperado a Freud, y sintetizó una revolución cultural del capitalismo, como luego sentenciará solemnemente Regis Débray, aunque muy poco sabía de las innovaciones que la experiencia estudiantil latinoamericana aportaba. Sin embargo, nuestra mayor deuda, cerrando el círculo de la remota curiosidad, fue saldada por la literatura.

Alfredo Bryce Echenique, en clave de un gratificante humor, nos condujo a las intimidades de las barricadas del Barrio Latino, con “La vida exagerada de Martín Romaña” (1981); y Michel Houellebecq, en clave de una inmensa desilusión, lo hizo con las intimidades de la generación que cruzó el puente entre las universidades de Nanterre y La Sorbona, convertida la irresponsabilidad en fórmula de vida, con “Las partículas elementales” (1998). Al protagonista del peruano, por más que nunca vivenciara las amargas experiencias obreras que, simplemente, desconocía, podía despachar un documento marxista que lo visara entre los amigos; y los protagonistas del francés, por mucho que tratasen de comprender a la madre, se sabían herederos directos de las gestas callejeras que desafiaron a De Gaulle y, al mismo tiempo, al PCF.

Medio siglo atrás, los teletipos inundaron las mesas de redacción con la primicia de los planteamientos acunados en el mundo desarrollado, próspero y hastiado, por largo tiempo generando las más encontradas interpretaciones que se convirtieron en sendos éxitos editoriales. Medio siglo después, las redes sociales saludarán el aniversario, quizá profusamente, afianzando más la anécdota que el aporte concreto.

Y, mientras tanto, en Venezuela, seguiremos lidiando con un régimen que es el de una asfixiante y militante premodernidad, cuyo más insigne esfuerzo, además de conculcar las libertades y de hambrearnos, ha sido la destrucción del movimiento estudiantil y de la propia noción de universidad. Uno que otro albacea del movimiento de la renovación que tuvo por domicilio principal la escuela de Letras de la UCV, invocará sus irradiaciones y reclamará por una superior significación y trascendencia que la revuelta francesa, tratando de obviar que apoyó o todavía apoya al socialismo de las demoliciones que, por cierto, aunque no desee admitirlo, ya se lo llevó por delante.