La fe tiene un secreto impostergable

Cuando llega la Navidad, parece que la vida se cambiara de vestimenta y nos devolviera un poco de aliento para sonreír en la mesa familiar. Es un juego alucinante, alfombrado de nubes de esperanza. Es un distintivo atornillado a la perfección en la costumbre del venezolano, que se hace de la vista gorda frente a los problemas, para celebrar la Nochebuena y cambiarle la hoja a un calendario amarillento de dificultades diarias.

Ha sido un duro año esclavizado a las malas noticias y a los abusos enervantes de una política carente de buenos modos; intrusa, abusiva y llevada al extremo de aturdirnos y no saber qué nos deparará en los próximos días, sobre todo en ese inquietante 2018, ya de mal talante y empapado de malos augurios.

Pero nosotros tenemos la extraña costumbre de instalar un paréntesis absoluto, cuando se asoma con sus desvelos remotos, el tiempo de pascua y su método instantáneo de forzarnos a fabricar sonrisas en los abrazos y en los brindis inaplazables, así se efectúen con refrescos marchitos.

Ciertamente, han sido meses enteros de derrotas, con bufones imprudentes ovacionando sus abusos, mientras el hambre es huésped indeseable y la necesidad campea a sus anchas, en los laberintos interminables e inconcebibles de la peor economía del planeta.

Por un par de semanas dejaremos a esos políticos que no han cumplido sus deberes, teniendo a la nación en alerta roja y en un pandemónium histórico, cuya única alternativa de salida no la conocen ni ellos mismos y ni el más avezado de los facultados en las artes de la adivinación y de las visiones premonitorias.   

Esta Navidad puede servir de excusa perfecta para renovar la fe. Será difícil tragar cada bocado con la lejanía fragorosa de algún familiar huido hacia otras latitudes menos absolutista. O conseguir el alimento decembrino acostumbrado, sustituido por cualquier mendrugo no tan representativo ni tan suculento.   

Tal vez no tengamos esa plazas polvorientas de los barrios de mis andanzas, iluminadas y festivas, con patinadores ocurrentes y ese bullicio contagioso de la música tradicional. Quizá nuestros pequeños no abran regalos suntuosos o se llenen de asombro al tener esos juguetes de curiosos y sofisticados mecanismos. Pero no le daremos el privilegio a este gobierno feroz, monstruoso y peludo de robarnos la Navidad. 

Siempre que llega la Epifanía del Señor, parece un cambio de temperatura en el ánimo nacional. Muchos han remendado con ingenio el árbol que ya parece un miembro más del núcleo familiar, pues tiene años compartiendo los esfuerzos ante las dificultades. Otros se las han ideado para hacer un ponche crema y algún guiso especial, posiblemente menos rebosante, pero con el pretexto certero para reunir a los miembros de la familia y compartir estas fiestas.

Tenemos un aplomo admirable para tener cara renovada frente a lo deplorable y una broma inmediata ante las eventualidades. Estamos frente a un presente enrarecido, que no debe determinar el futuro y darle premisas a la derrota.

No ha sido un año desaprovechado, ni fatigoso en vano. Ya los ojos del mundo reconocen lo desangelado, pavoroso y terrible del régimen venezolano. También están convencidos que los procesos eleccionarios están atiborrados con los vicios endemoniados de la manipulación. Apenas comienza el combate de las decisiones extremas, con la necesidad fundamental de contar con la certeza y confianza de que la providencia celestial estará a nuestro favor.

Hoy todos debemos arremolinarnos frente al pesebre, entonar los aguinaldos insustituibles, elevar oraciones emocionales al niño Dios y darle atención merecida al porvenir. Nuestro destino depende de la fe impostergable y una determinación valerosa, para reconstruir el país que nos quitaron y darle sentido verdadero a la palabra patria.

  

MgS. José Luis Zambrano Padauy

Director de la Biblioteca Virtual de Maracaibo “Randa Richani”

zambranopadauy@hotmail.com

@Joseluis5571