Una terca tempestad

Luis Barragán

 

Transcurren los días de espera para el celebérrimo Cordonazo de San Francisco, en el centro del país. Acunado en la tradición caraqueña, serán horas de una prolongada tormenta que, añales muy atrás, por avisada que fuese, desbordaba El Guaire, sumergiendo en el caos a la ciudad, hasta que cerramos el siglo XX con las obras necesarias para un mejor control de la situación.

 

Se dice de un fenómeno propio de la convergencia intertropical, concentrados los vientos alisios que acostumbran a viajar desde el oriente del país debido a las bajas depresiones atmosféricas. Por cierto, algo curioso, ocupando un segmento estelar en los noticieros foráneos, alguna vez nos familiarizamos con la jerga gracias a los famosos espacios dedicados al  tiempo o clima que, por una inexplicable decisión de los ejecutivos de las televisoras locales, desaparecieron.

 

Acontecimientos tan naturales, incluso, por más anunciados que fuesen, siempre nos sorprenden en esta nueva centuria por el gigantesco deterioro que, indolente a todo trance, quizá calculado el aprovechamiento delictivo de las emergencias que acarrean un gasto desordenado, no tiene otro responsable que el gobierno nacional. Privilegiadas las inversiones en armamentos y equipos antimotines, el pago de la deuda, como la propaganda y la publicidad oficiales, indiscutido todo presupuesto público, no se sabe de las cifras destinadas al ámbito de la defensa civil y, mucho menos, de la existencia de un control eficaz.

 

La tragedia de Choroní y la que ya está avisada en torno al Lago de Valencia, ilustran muy bien la desidia y burla gubernamental, convertida la calamidad en un absurdo escarmiento a la población que razonablemente lo protesta. Tememos mucho a la eventualidad de un sismo aún de medianas proporciones, pues, Maduro Moros, como su antecesor, no es ni será previsivo y diligente ante la suerte de los venezolanos, como lo es respecto a la de los pueblos extranjeros que auxilia inmediatamente con los millones de dólares que nos niega,  en medio de una objetiva e inédita crisis humanitaria.

 

Una vieja caricatura de Zapata, tomándole declaración a San Francisco,  aseguraba que la Caracas de 1977 no estaba preparada para un cordonazo, mas no “condonazo”, según lo creen ahora muchos jóvenes y adultos. Además de remitirnos al imaginario social de entonces, suponiéndonos un país ahogado en la crisis, permite constatar que hubo libertad de prensa para quejarse, y contrastarlo con un presente ciertamente asfixiante:  la dictadura trata de neutralizar desesperadamente las percepciones suscitadas por una crisis real y escandalosa, procurando la censura y el bloqueo informativo, creyendo domesticable a la misma naturaleza por la vía de un par de decretos.

@LuisBarraganJ