Desautorización moral

Luis Barragán

 

Hoy, gobiernan generaciones distantes a las que decretaron e hicieron la subversión en la década de los sesenta del XX. Coaligadas, las promociones de los setenta y ochenta, se sienten legítimas herederas de los que, en buena parte, irremediable, se vieron obligados a hacer la crítica de las armas tras la derrota.

 

Crítica que no tiene importancia ni significación alguna para el poder establecido, excepto la pretendida traición de los renegados y capituladores. Por ello, sobreviven los  vicios ideológicas y las prácticas propagandísticas que justifican la auto-victimización para intentar el imaginario del heroísmo  en una lucha desigual, pues, a modo de ilustración, la muerte de Danilo Anderson,  Eliécer Otaiza o Robert Serra, recordemos, fue expuesta como el resultado – nunca probado – de una gigantesca y macabra conspiración de la derecha opositora, tentados por la definitiva versión del asesinato teledirigido del propio Chávez Frías.

 

Otra faceta de la llamada antipolítica, la necropolítica actual retoma el antiguo amarillismo que convirtió a buena parte de los caídos en las acciones guerrilleras en un mito irresistible, pintando a la democracia representativa como un monstruo de ilimitadas maldades. La cúpula que ahora gobierna a Venezuela, abrevó en una historiografía, literatura y filmografía que, por sus interesadas inexactitudes, todavía está pendiente del debate,   acaso de un mayor rigor académico que ayude a descontaminar el foro político.

 

Valga el ejemplo, numerosas fueron las veces que, en el pasado período legislativo, escuchamos intervenciones que inculpaban – faltando poco – a la bancada opositora por muertes como la de la estudiante veinteañera Livia Gouverneur, cuyo nombre todavía exhibe el centro de estudiantes de psicología en la UCV. Entre otros, Antonio García Ponce tuvo el coraje de desmentir la falsa versión que, por muchos años, prosperó en torno al asesinato en manos del gobierno, cuando realmente el fatídico hecho ocurrió accidentalmente a manos de uno de los compañeros de la joven, en el fallido atentado contra una de las asociaciones de cubanos anticastristas exiliados en nuestro país, a finales de 1961 (“La guerrilla de los años 60”, Libros Marcados, Caracas, 2010: 22, 219 ss.).

 

La muerte de  la dirigente devino símbolo arrollador e incriminador y,  una muestra de la propaganda de entonces, junto a otra de las víctimas de la represión, nos la presenta de manera brutal para conmemorar la semana del estudiante.  Muestra tomada del diario Clarín (Caracas, nr. 575 del 18/11/1963), órgano de un sector interno de URD que supo también de una posterior militancia maoísta, como fue el caso de Víctor José Ochoa, en el contexto de una contra-campaña de sabotaje de los comicios generales,  nos impone de las claves de comunicación por entonces manejadas, dándole escuela a las actuales, aun tratándose de partidos diferentes al MIR y al PCV que capitanearon el guerrillerismo.

 

La muerte de más de cien jóvenes por protestar pacíficamente,  sólo en los últimos meses del presente año, casi todos con sobrados testigos presenciales, contrasta con la estridencia de una dictadura que se burla de ellos. Hechos reales, siendo inevitable la difusión y consternación generalizada,  lejos del morbo propagandístico, dibujan muy bien  el alcance de un martirio que tiene por marco la pavorosa crisis humanitaria que nos aqueja, bajo la militante censura y bloqueo informativo.

 

El asunto permitiría una consideración más extensa en la materia, añadida la construcción artificial de un imaginario que ha fracasado. Por lo pronto, concluimos en la palpable desautorización moral de un régimen que, dándole bríos a la antipolítica que renueva, quizá no tarde en una campaña sobre ese remoto pasado que diga relevarlo de un presente que lo atenaza.

@LuisBarraganJ